Parálisis y Libertad

 

La parálisis de la vida y una libertad propuesta: una reflexión basada en Juan 5:1-15

 Escrito por: Jenniffer Lara 

    Al leer estas líneas del evangelio según Juan, la historia comienza a hacer eco en nuestros corazones y escuchamos al mismísimo paralítico contándonos su historia: Yo, era un paralítico del primer siglo, recuerdo que un día el pueblo judío estaba de fiesta, pero, yo no. Ni siquiera estaba en un lugar prestigioso del templo, estaba afuera, en los pórticos, cerca de la puerta donde se encuentran las ovejas listas para morir; yo quería ser sano, necesitaba ser sano; pero, mi impotencia no me permitía ir y hacer lo que creía que podía sanarme. Y fue entonces, cuando conocí a un hombre que con una pregunta me dio esperanza. Y ese hombre se llamaba Jesús, el hombre que me salvó y me liberó de mi incapacidad de moverme. Reflexionemos en este relato:

La fiesta V.I.P de los judíos (5:1-5)

    Esta historia se desarrolla en un contexto de fiesta. Pero, el texto nos sitúa en el lugar específico donde está un enfermo, el cual representa a los excluidos de la fiesta. Vemos a Jesús introduciéndose en aquel lugar y dándole al paralítico la oportunidad de elegir su propio camino. El relato no precisa qué fiesta es, pero, incorpora la expresión: fiesta de los judíos, la cual nos sitúa fuera de la fiesta, no desde el círculo de los que dirigen y son partícipes de ella. La fiesta no es del pueblo o para el pueblo y menos para los enfermos y en condiciones desfavorables.

    Jesús al estar en el lugar de los excluidos, sana a un paralítico. Luego de sanarlo, le dice: no peques más para que no te suceda algo peor, dando a entender que él es responsable de su condición. Porque el pecado produce su condición de “muerte, en vida”. Para clarificar esta idea, no significa que su enfermedad (parálisis física) sea resultado del pecado; a veces, caemos en el error de decir: “si esta persona está enferma es porque anda en pecado” y no necesariamente es así; la enfermedad es una cuestión natural de la vida, a la que cualquiera de nosotros puede estar sometido.

    No eliminaremos la literalidad del texto al decir que el hombre estaba paralizado físicamente, pero, considero que cuando Jesús autoritariamente le dice: no peques más, es porque el pecado ha paralizado su vida simbólicamente, no tanto por la cuestión física, sino porque su vitalidad estaba paralizada. Aquel hombre era como un muerto en vida, que reprime sus aspiraciones, sus ganas de vivir; su existencia estaba reducida a un estado de muerte. A veces nuestra vitalidad está paralizada, como aquel paralítico, y pecamos al permanecer voluntariamente en esa condición de muerte, teniendo la oportunidad de ser libres y vivir ¡realmente vivir!  En esa libertad que Él ofrece.

Un diálogo esperanzador (5:6-9)

    Jesús, le pregunta: ¿Quieres ser sano?  Dándole esperanza con tan solo una pregunta. Esperaba que el paralítico exprese lo que quiere, no fuerza su libertad, no propone una ideología complicada, su propuesta está enfocada a lo esencial del hombre, la vida. Él paralítico quería ser sano y su creencia lo conducía al estanque (se creía que tenía propiedades curativas). Deseaba esa curación, específicamente por ese medio. Seguramente, quería que Jesús le ayudara a realizar esa acción sanadora institucionalizada, porque es en lo que creía. Sin embargo, Jesús hace una ruptura de lo institucional, sanándolo de forma distinta.

 

    Entonces, le dice: Levántate. Demanda una acción del hombre, no le dice: te levantaré. Jesús lo capacita para que él actúe por sí mismo y camine. Su orden es triple: levántate, toma tu lecho y anda. Jesús lo hace dueño de aquello que lo dominaba, en ese momento, él posee lo que lo poseía. El hombre no tenía iniciativa propia, pero, ahora puede disponer de si mismo y en libertad “empezar a andar”. De esta manera, el hombre cuya vitalidad había sido paralizada, es como un muerto resucitado. Jesús le dio vida de nuevo. No lo condiciona, ni le exige que se convierta en su discípulo luego de sanarlo; simplemente le devuelve su condición de hombre, lo dignifica, lo libera y le permite en su libertad: elegir su propia ruta.

Una ley sin amor y la propuesta de Jesús (5:10-15)



    La ley manejada por las autoridades quería impedirle al hombre, gozar de esa libertad; la ley muchas veces se anteponía al bien del hombre. Esto pasó en el relato, a los líderes “espirituales” no les interesa el bienestar del hombre, sino el cumplimiento frío de las leyes, en este caso: guardar el día de reposo, las sanidades no tenían que ocurrir en este día.  Entonces, las autoridades le preguntan: ¿Quién es el que te ha dicho: toma tu lecho y anda? Ellos preguntan ¿Quién realizó la acción de sanidad? No les importa que el hombre haya sanado, sino, saber quién fue en contra de la ley establecida y desafió su poder. No buscan soluciones para la desesperación del pueblo, sino que, los hacen esclavos de los preceptos o las leyes; de una ley que, sin amor, era utilizada por las autoridades, manteniéndolos esclavos de su condición de enfermos, marginados o excluidos, en este momento de una fiesta, pero, también de la vida misma.

    El templo celebraba sus fiestas sin cuidarse en absoluto de la situación real del pueblo marginado, y cuando hay una acción liberadora, tratan de reprimirla. Quieren apagar la vida. Pero, en Jesús brilla el amor y la esperanza. En ocasiones, como iglesia tomamos la actitud de aquellos dirigentes “espirituales”, colocando “lo establecido o doctrinal” antes que el bienestar del hombre. Salirse del margen de lo establecido es difícil, porque creemos que si lo hacemos estamos yendo en contra de Dios, pero, pensemos que es Dios mismo el que a través de Jesucristo, nos invita a pensar, en primer lugar, en el bienestar del hombre sin exigir nada a cambio.

    Es curioso porque en “el templo” donde debería manifestarse la gloria de Dios, no sucede este acontecimiento, sino que, ocurre en los pórticos del templo, cerca de la puerta donde están las ovejas destinadas a la muerte. Ahí es donde hay una multitud de enfermos, ciegos, cojos y paralíticos que esperaban un milagro. En esta historia, Jesús, no está en un lugar prestigioso, él está entre la gente necesitada y le devuelve a un hombre su fuerza, sin exigirle nada. Porque el amor es un don gratuito, no condicionado. Pensando en nuestro contexto actual y en la figura de la iglesia. Creo que el templo, es algo simbólico, la iglesia es cada individuo y no una figura arquitectónica. Deberíamos permitir que las manifestaciones de Dios ocurran en ella y no sólo en los pórticos o fuera de ella. Porque en muchas ocasiones recibimos más ayuda de los no-cristianos que de aquellos que profesan que lo son.

    Más adelante, Jesús, encuentra a aquel muerto resucitado, ahora ubicado en el templo y no en el pórtico. Estando en el templo, Jesús, le dice: no peques más. Porque su pecado era esa renuncia voluntaria a la vida, al someterse a la esclavitud de las leyes impuestas por autoridades carentes de amor, pero, Jesús le da esperanza y lo libera de esa condición, le permite elegir la vida. Los líderes le dijeron: no te es permitido “andar”, es día de reposo. Pero, el paralítico dijo: quien me sanó me dijo: levántate y anda. El hombre liberado, atribuye su salvación a Jesús, quien le dio vida. Como quien dice: la ley no me permitía andar, pero, ahora, Jesús me ha sanado y he obedecido a su palabra y por su palabra “hago estas cosas”.

    Me encanta la actitud de Jesús, a él le interesa el bienestar de las personas y no el agrado de los dirigentes. Por eso, va a donde están los enfermos y los capacita para que caminen por su cuenta, no provoca una rebelión o que los hombres ya no cumplan la ley, más bien, demuestra que la ley no está antes que el bien humano; la ley debe servir para beneficio de los hombres. Crea un ambiente de libertad y vida, porque el pecado es quedar voluntariamente en la muerte o volver a ella.


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